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Eduardo López

Su apellido lo delata: es parte de la emblemática bodega mendocina que logró mantener un estilo propio más allá de las modas y tendencias.

Por Agustina de Alba
Foto: Jazmín Arellano

En la era de los vinos del Nuevo Mundo, los puntos Parker, el post-boom de los “flying winemakers” y la actual búsqueda del terroir, Bodega López es mucho más que un sobreviviente. Su nombre es sinónimo de una bodega que supo mantener su estilo más allá del contexto. Y no sólo eso, sino que además hizo un culto de ello. Los números hablan por sí mismos: 117 años de historia, cuarta generación familiar, quince millones de botellas al año. ¿Cómo se mantiene en pie una bodega que ya pasó un siglo de vida sin cambiar sus raíces? ¿Hacia dónde se proyecta? ¿Cómo  sobrevive a los cambios que imponen las modas? Para buscar esas respuestas, hablamos con Eduardo López, al frente de la comercialización de esta emblemática bodega junto a su hermano Carlos y su padre Carlos Alberto López. “Don José Gregorio López Rivas, mi bisabuelo, trajo de España la cultura de vinos, el cultivo y el olivo. Después estuvo mi abuelo, José Federico López, el gran impulsor de la bodega, el que sentó las bases. Tenía otra preparación y otra visión: fue él quien le dio un estilo de vino fino de calidad a la bodega”, recuerda Eduardo, que asume que lleva el vino en la sangre aunque nunca se planteó elegirlo.

– ¿Cómo definirías el estilo López?
– No tenemos barricas, es todo tolenería. El estilo López, entre otras cosas, pasa por ahí, con una  superficie de contacto madera/vino mucho menor a la de una barrica. Esto significa que los gustos a madera son menores, pero también que los tiempos de transferencia de ese gusto son mucho más lentos, entonces el vino va añejando lentamente. Después está la cosecha en su punto justo, no buscamos vinos con exceso de color, extracción y alcohol. Buscamos equilibrio.

– ¿Cómo se llegó a ese estilo? ¿Y cómo se sostuvo en el tiempo?
– El estilo de López era el estilo de los vinos de toda una época, los que se elaboraban en Mendoza en los años 50. También, de esos grandes vinos europeos añejados en toneles grandes de roble. Estábamos los Bianchi, los Goyenechea, los Benegas y nosotros como símbolo de vinos de calidad. En los 90, cuando empezó la corriente del Nuevo Mundo, donde varias bodegas se entregaron a ese estilo, nosotros nos preguntamos: “¿Por qué tenemos que cambiar, si tenemos muchos consumidores que toman nuestros vinos porque les gustan?”. Queríamos respetar a ese consumidor, que quería seguir tomando nuestros vinos, y eso hicimos. Desarrollamos líneas paralelas pero nuestros clásicos los mantuvimos igual que siempre.
   
– ¿En algún momento tuvieron dudas?
– Sí, siempre hay dudas, pero en nuestro caso iban por otro lado. Nunca nos replanteamos el hecho de cambiar, porque el mercado nos acompañaba: nuestras ventas siempre crecieron, nuestros mercados también. Crecía la oferta de producto, crecía la demanda, y a su vez nosotros crecíamos en la producción. Estaba claro que el mercado quería seguir tomando nuestros vinos y nosotros queríamos seguir manteniendo nuestros consumidores de siempre.

– ¿Tuvieron miedo cuando fue el boom de la “era de los flying winemakers”?
– Sí, fue un tema importante. Al principio de la década de 1990 arrancó la corriente de los vinos del Nuevo Mundo, de construcción de bodegas nuevas, sumando otros jugadores en el mundo del vino, y todo eso se publicitaba. Se hablaba de varietales, de la novedad, de la concentración de color, alcohol, estructura y barrica. Nosotros nos quedamos solos contra el mundo y, además, nunca hicimos publicidad. Pero tan mal no nos fue. Hoy, después de haber bancado toda esa corriente que iba totalmente para otro lado del que íbamos nosotros, nos encontramos bien posicionados. Ahora  muchos de los que se fueron para ese extremo -concentración, alcohol, madera nueva- están volviendo a lo clásico, a lo tradicional: vinos fáciles de tomar y un montón de otras cosas que coinciden con lo que hacemos nosotros. De alguna manera, nos quedamos prácticamente solos en ese mercado tradicional.

– ¿No cambiar -o cambiar poco- es una forma de evolucionar?
– Hay gente que piensa que no cambiamos en nada… Quizá no cambiamos el estilo de los vinos, pero hace 15 años, cuando se hablaba de Bodegas López, muchos pensaban en una bodega antigua, sin tecnología. Era como que por tener 117 años de historia, era algo viejo. El consumidor lo veía así. En 1998, cuando abrimos la bodega al turismo, muchos nos decían: “Ah, yo pensaba que me iba a encontrar con telarañas por todos lados”. Los mismo estudiantes de las carreras de sommellerie creían que se iban a encontrar a dos viejitos llenando un tanque con una manguera, y después se iban sorprendidos porque encontraban una bodega tecnológica, limpia, arreglada, moderna. Tuvimos que trabajar mucho para revertir ese preconcepto.

– Ustedes siempre guardaron vinos. Hoy son unas de las pocas bodegas que ofrecen añadas antiguas al mercado. ¿Cómo surgió esa idea?
– Mi abuelo era el que decía, “guardemos, guardemos”, como la idea del español que decía “ahorremos, ahorremos”,  y se moría sin haber gastado un centavo. Surgió por el tema del ahorro, de tener los vinos guardados por si necesitábamos venderlos. Hoy tenemos añadas desde 1938 de Chateau Vieux hasta años más actuales. De todas las líneas tenemos vinos guardados del origen de la marca. De hecho, hoy nosotros ofrecemos todas nuestras añadas a nuestros clientes. ¿En qué año naciste? ¿En qué año te casaste? Nosotros te ofrecemos el vino de ese año especial. Esas son cosas que empezamos a vender hace seis años, cuando decidimos salir a ofrecer nuestra historia. No hace falta que el cliente lo guarde 40 años. “El tiempo y paciencia del añejamiento no se lo pedimos a usted, lo guardamos nosotros”.

– ¿Cómo ven hoy al consumidor argentino?
– Hoy hay exceso de oferta de vinos, es impresionante. Yo creo que nosotros tenemos consumidores muy fieles, persistentes en nuestras marcas. Probablemente muchos nos asocian con gente grande, de más de 60 años. Mi abuelo y mi papá decían, “cuando se mueran los actuales de 60 de hoy, nos morimos con ellos”. A mi abuelo se lo escuché decir ya en los 80. Nos asocian con un nivel de consumidor de mucha edad pero, de hecho, no es tan así. Es verdad que la gente joven es muy cambiante, menos fiel… pero eso nos lo han dicho siempre. Y te aseguro algo: en 117 años, se murieron varios de arriba de 60.