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Matías Riccitelli

Con bodega propia y en pleno crecimeinto, una de las grandes revelaicones de la última década.

Por Agustina De Alba
Foto: Marcelo Arias

La mañana amanece lluviosa. Es tanta el agua que cae del cielo, que el vuelo en el que viaja Matías Riccitelli se demora, retrasando la entrevista pautada por varias horas. Finalmente, Matías llega, con la sonrisa de nene que lo caracteriza, intacta a sus 33 años. A pesar del clima y de las esperas, se lo ve relajado, feliz. Es uno de los más jóvenes de la nueva generación de enólogos argentinos que pisa fuerte -acá y en el mundo- y este año se lanzó de lleno con su proyecto personal de vinos de alta gama, Matías Riccitelli Wines, con sus líneas HEY (que pronto saldrá al mercado), The apple doesn´t fall far from the tree , Matias Riccitelli Vineyard Selection y República del Malbec.

Cuando tenía apenas 22, Matías se hizo cargo de los vinos de la bodega Fabre Montmayou, puesto que ocupó por 10 años. El vino lo lleva en la sangre. “Nací y crecí jugando los veranos en Cafayate, en la Bodega Etchart, donde trabajaba mi padre, con los hijos de la familia Etchart. Era todo un evento: esperábamos esa época con muchas ganas”, recuerda. Cuando dice “mi padre”, se refiere nada menos que a Riccitelli, enólogo de Norton, elegido por Wine Enthusiast como enólogo del mundo en 2012.
Cocinero por pasión, enólogo por profesión y amante de los viajes, llegó a hacer hasta cinco vendimias alrededor del mundo durante un año y medio. Y acostumbrado a las entrevistas, empieza a hablar casi antes de que se le pregunte algo. “Es hermoso lo que está pasando con el vino argentino, hay gente que pone la vara súper alta. Se genera una competencia linda, que nos incentiva a perfeccionarnos, a superarnos, a ir siempre más allá, algo que le hace muy bien a toda la industria. Está buenísimo. Y nosotros ya entramos en una edad que nos prestan atención”.

-¿Sentís que antes era demasiado joven para que te tomen en serio?

-Sí, claro. Con 22 años no te cree nadie, con 25 todavía cuesta. Pero después de varios años en la industria, aunque seas un pendejo, si te mostrás y te movés, te empiezan a tomar en serio. Igual, no es fácil: hay que estar presente, ratificar todo el tiempo lo que uno logró, hasta que la gente diga, “no era por el padre”, o “no es suerte”… Es un camino que uno tiene que aceptar y recorrer. Y si sos persistente, tenés ganas, confiás en lo que sos y sabés dónde querés ir, podés vencer los obstáculos y llegar. Todos los días me cuesta: hoy me sigue costando, pero entonces abro la botella y ahí está el vino que hice yo. Es decir, podés ser el más canchero del mundo, hablador y marketinero, pero si al abrir una botella tu vino es una mierda… todo el resto se cae. O podés ser un tipo introvertido y tímido, y abrís la botella y está de puta madre, eso es lo que habla-

-¿Fue difícil ser “el hijo de…”?
-De hecho, fue una gran ayuda. De todas maneras, mi papá me enseñó todo, hoy soy lo que soy por él. Cuando vos estás seguro de lo que sos y cómo lo hacés, no te molesta lo que diga el resto. A alguno le hará feliz creer que, por ser uno pendejo, tiene que tener alguien atrás haciendo las cosas. Pero no es mi problema. Yo sé quién soy, sé a dónde voy y lo que quiero. Obvio que hay estrés, miedo, inseguridades y millones de cosas más, pero no hace falta demostrarle nada a nadie. Esto es lo que soy, lo que hago y me encanta que mi viejo sea el que es. Me encanta y lo aprovecho.

-Siendo de la nueva generación del vino, ¿cómo interpretás al nuevo mercado joven?

-Se mueve, ya no hay tanto preconcepto, se usa poco la palabra reserva o gran reserva. Ahora es “este vino, con esta etiqueta, de tal lugar”. Y esto es lo que yo quiero hacer: romper con el aburrimiento, con las etiquetas iguales en las góndolas, copiando alguna tendencia de alguna parte del mundo. Yo compro muchos productos por la vista, pero preciso que haya un corazón detrás del producto. Hoy trato de hacer cosas alegres con color, descontracturadas, y que eso se exprese también en los vinos. Me gustan los vinos vivos, con mucha expresión, con potencial de guarda, pero que se puedan tomar. Las cosas se van dando y surgiendo de acuerdo a las ganas de hacer que tengas. Son momentos e ideas. La línea The apple doesn’t fall far from the tree (un dicho anglosajón equivalente al “de tal palo, tal astilla” ), me surgió de repente. No sé si era marketinero o no. Yo quería expresar algo referido a mi viejo y a mi familia, pero sin que sea cursi ni usado. Quería hacer algo divertido. Mucha gente lo entendió, otra tanta no, pero hice lo que quería.

-¿Cómo surgió la idea de crear tu propio proyecto?

-Me recibí en 2007 y me había prometido hacer un viaje. Así que, entre 2007 y 2008, realicé cinco cosechas en un año incluyendo Argentina, Austria, Australia, Nueva Zelanda y Napa Valley. Pasé un año y medio por el mundo. Cada lugar elegido tenía un por qué: en Austria descubrí el Riesling. En Australia y Nueva Zelanda me di cuenta que se puede trabajar pasándola bien. Yo venía de una escuela muy clásica donde cada cosa tenía que estar en su lugar; allá, en cambio, son muy relajados y aún así hacen excelentes vinos. En Estados Unidos aprendí sobre marketing, tendencia, etiquetas. Cuando volví en 2008 me estallaba la cabeza. Y pensé: quiero hacer mi vino. Viajes así te dan una apertura tremenda y te ayudan a decidir cómo vas a querer tu vino. Rompés preconceptos.

-¿Dónde fue tu primer trabajo?
-Empecé haciendo pasantías de cosecha con mi viejo en Norton a los 16, 17 años. Lo hacía en verano hasta que empezaba el colegio. Después empecé la facultad, y seguí con mi viejo hasta los 21, cuando entré en Fabre Montmayou, a través de mi viejo que es amigo de Herve Joyaux Fabre. Hice una pasantía de cosecha y me llamaron de una bodega chiquita, donde me pusieron como enólogo encargado. Todavía tenía 21 años. En agosto de 2003 se va el enólogo de Fabre y Herve me ofrece viajar a Francia a una cosecha en el Chateau Le Bon Pasteur de Michel Rolland para luego volver y hacerme cargo de la cosecha de Fabre Montmayou, que en ese momento todavía era una bodega chica. A Michel Rolland también lo conocí a través de mi viejo (porque la primera bodega argentina que asesoró fue Etchart), y para mi papá es su ídolo. Ir a trabajar a la bodega y encima en Francia fue un sueño para mi. Fui, volví y desde entonces me quedé en Fabre. Si lo pienso bien, ése fue mi único trabajo. Herve quería un enólogo junior que se forme con ellos. Me mandaron a Francia, Portugal, Italia, California, hasta 2007, cuando hice las cinco cosechas en un año y medio. Al volver del viaje, me llamó Herve y empecé de nuevo en Fabre. Me salteé la cosecha 2008 y retomé en 2009, y ese mismo año elaboré mi primer vino, Matias Ricciteli Vineyard Selection Malbec, hasta que en 2013, pude empezar con mi bodega propia. Hoy sigo en Fabre, pero ahora como enólogo asesor.

-¿Cómo ves el mercado?

-Estoy sorprendido de la aceptación de mis vinos en el mercado. Mucha gente que sabe del mercado y la coyuntura me advierten que todo está para abajo, pero lo mío está en pleno auge y crecimiento. Es una sorpresa. No sé si se debe a alguna tendencia con el tipo de proyecto que hago. Mi realidad es que pase de 15 a mil botellas a 200 mil en seis años. Hay algo que es general y que todavía me sorprende: hablo de la aceptación del consumidor a nuevos productos, nuevas ideas. Creo que hay una ventana en eso. Las cosas se tienen que refrescar y adaptar. Hay consumo, hay que darle a la gente lo que quiere consumir. Uno escucha que el mercado interno está mal y de repente sacás un contenedor a ese mercado y el resultado puede ser muy relativo. Uno tiene que reinventarse constantemente, ser auténtico y expresar lo que quiere y que se entienda. Son cosas muy difíciles de explicar: lo más lindo es lo inexplicable, que sea fresco y auténtico. Al final de todo, la realidad es que uno no sabe por qué pasa lo que pasa. Simplemente, cuando creés en lo que hacés, le das para adelante y querés mostrarlo. Eso genera cosas. Como me está pasando a mí.